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Renato Consuegra / A vuela pluma
No se hagan bolas: grupos de poder se pintan de todo color

¿Se acuerdan de aquella frase del “no se hagan bolas”?
Pues no se hagan bolas.
Tal parece que no nos hemos dado cuenta que desde hace muchos años no nos gobiernan partidos, sino grupos de poder.
Si, grupos de poder.
Económico, sobre todo.
Aunque también delincuencial.
Todo ocurrió cuando la alternancia en el poder tuvo que salir del PRI, de manera obligada, para danzar vestida con trajes ajenos a su tradición.
Desde que Plutarco Elías Calles construyó al abuelo del PRI, el Partido Nacional Revolucionario (PNR) en 1929, y después el pasaje del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) hasta 1946 la lucha por el poder fue dentro del mismo grupo.
Llegaba el que lograba colectar más fuerzas a su lado, pero sin matarse, contrario a lo que hicieron después de 1910 y hasta el asesinato de Álvaro Obregón.
Fue otro asesinato, el de Luis Donaldo Colosio, el estigma de la Dictadura Perfecta y los compromisos con la Comunidad Económica Europea que en 1994 exigía la cláusula democrática al país, que las cosas cambiaron.
Entonces lo que en un momento fue una formación política de partidos cambió su fisonomía.
Las estructuras de los partidos se vieron entremezcladas con militantes provenientes de todas partes que atendían intereses que pocos eran capaces de olfatear.
Así vimos un cambio radical en la conformación de los partidos políticos.
El PAN recibió un sinnúmero de priístas, los priístas cogobernaron con panistas, emergieron liderazgos antes inimaginables como un ranchero estrambótico vendedor de cocacola y un bloqueador de pozos de petróleo, entre otros.
Aquel episodio que se encuentra todavía en la mente vívida de muchos de nuestra generación, en Lomas Taurinas, cambió la dimensión de las cosas.
Entonces las cúpulas que manejaban el poder en ese entonces decidieron darle un giro a la política mexicana, jugar a la alternancia, generar una “transición a la democracia de terciopelo” con fichas marcadas y jugar a perder el poder, pero nada más tantito.
Y los detentadores del mismo, serían aliados de otros partidos.
Primero el ranchero que hoy despacha en el rancho San Cristóbal, a quien le perdonaron todo, con tal de que les sirviera como lo hizo y sigue haciendo.
Luego el tabasqueño que hoy regentea un partido político como pago a sus servicios.
Pero este no llegó… Ni llegará tampoco este 2018 porque perdió su oportunidad.
Eran el PAN, el PRD y la vuelta al PRI. Y luego, a seguirle dando vuelta a la ruleta con personajes independientes, no partidistas, ahora candidatos independientes. En ese equipo jugaron muchos, entre ellos Juan Ramón de la Fuente, priísta apartidista.
Y entre ellos se colocó José Antonio Meade Kuribreña, un técnico formado en el ITAM, como muchos otros priístas, con alguna cercanía al PAN que le permitió ser secretario de Estado con Felipe Calderón.
Pero no, Meade no es ni priísta ni panista, como muchos otros que han pasado de unos colores a otros, y como ha pasado con el poder en los últimos 23 años.
Meade es militante de un grupo de poder con claras características neoliberales.
Sí, es de ellos.
Es de los que llegaron a poner en práctica en México todas las recetas aprendidas en las universidades de los Estados Unidos para sangrar a nuestro país para beneficio de los grupos económicos que mueven al mundo financiero.
No se hagan bolas.
El PRI hace tiempo que dejó de ser el PRI, lo mismo que el PAN dejó de ser el PAN y el PRD dejó de ser el PRD —que no fue sino un PRI de desarraigados de la izquierda que abanderó en ese partido Lázaro Cárdenas y aún pastorea Luis Echeverría. Y ni qué decir de los demás que no son partidos, sino sólo grupos de poder que se quieren incrustar a los grandes grupos de poder.
Meade no representa ni a priístas ni a panistas, sino al grupo de poder económico corrupto que está detrás de Enrique Peña Nieto y que se perpetuará en el poder frente a la inmovilidad de los mexicanos, como alguna vez lo quiso hacer Carlos Salinas de Gortari.